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Mostrando entradas de enero, 2026
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Estética de la decadencia: El peligro de confundir la vulgaridad con la autenticidad. "Nos hemos acostumbrado a celebrar lo que debería darnos vergüenza. Bajo la excusa de la 'autenticidad' y lo 'orgánico', hemos permitido que la ordinariez se convierta en nuestra nueva moneda de cambio. Hoy, el éxito digital parece medirse por la capacidad de degradar el lenguaje, transformando la vulgaridad en un espectáculo rentable. A este fenómeno lo llamo la Estética de la Decadencia: un proceso donde el ruido sustituye al ingenio y donde, en el afán por un clic, estamos hipotecando la dignidad de nuestra cultura ante los ojos del mundo." A menudo escuchamos que el lenguaje es algo "superficial", que las palabras se las lleva el viento o que hablar de cierta forma es simplemente parte de nuestra "esencia" caribeña. Pero hay una realidad que no podemos seguir ignorando: la palabra construye realidades. Se ha instalado una fórmula peligrosa en las redes...
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SOBRIEDAD DIGITAL Dinamarca es noticia a nivel mundial, y no precisamente por el tema de Groenlandia o Donald Trump. Revisando un reportaje del grupo EnFoco , enviado por un amigo, nos enteramos de una decisión trascendental para el futuro de las sociedades, que comienza a gestarse —aún con timidez— en esa nación. El gobierno ha prohibido el uso de teléfonos móviles en los colegios como parte de una campaña orientada a acercar a niños y jóvenes a encuentros reales. Tras demostrar que adolescentes de entre 13 y 18 años pasan más de cinco horas diarias pegados a sus dispositivos, y que padecen una alarmante dificultad de concentración, decidieron dar un paso atrás: volver a los libros de texto tradicionales (entiéndase, de papel) y estimular la interacción directa entre los jóvenes, dosificando el uso de móviles y computadoras. Luego de haber sido uno de los países considerados pioneros digitales, su preocupación ha llegado al punto de auspiciar la limitación del tiempo frente a pa...
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LAS BOMBAS DE LA ILUSIÓN Las palabras tienen un poder silencioso pero profundo. Basta pronunciarlas para que, casi sin darnos cuenta, nuestra mente complete el significado. Si alguien dice hambre , pensamos en comida. Si dice calmante , lo asociamos al dolor y a su alivio. Y si escuchamos la palabra bombas , la imagen es inmediata: guerra, destrucción, muerte. No necesitamos más contexto; la asociación es automática. Así funciona nuestro lenguaje interno, moldeado por la experiencia y la repetición. El día de ayer Venezuela ha vuelto a escuchar y sentir esa palabra cargada de sombras. Hubo un bombardeo. Hubo pérdidas humanas. Y, como siempre debería ocurrir, lo primero es lamentar profundamente cada vida que se apaga, sin importar el bando, el uniforme o la ideología. La muerte nunca es una victoria. Nunca debería serlo. Sin embargo, más allá del estruendo y del impacto emocional inmediato, estas bombas no solo han dejado escombros físicos: también han detonado algo más sutil y pel...