LAS
BOMBAS DE LA ILUSIÓN
Las
palabras tienen un poder silencioso pero profundo. Basta pronunciarlas para
que, casi sin darnos cuenta, nuestra mente complete el significado. Si alguien
dice hambre, pensamos en comida. Si dice calmante, lo asociamos
al dolor y a su alivio. Y si escuchamos la palabra bombas, la imagen es
inmediata: guerra, destrucción, muerte. No necesitamos más contexto; la
asociación es automática. Así funciona nuestro lenguaje interno, moldeado por
la experiencia y la repetición.
El
día de ayer Venezuela ha vuelto a escuchar y sentir esa palabra cargada de
sombras. Hubo un bombardeo. Hubo pérdidas humanas. Y, como siempre debería
ocurrir, lo primero es lamentar profundamente cada vida que se apaga, sin
importar el bando, el uniforme o la ideología. La muerte nunca es una victoria.
Nunca debería serlo. Sin embargo, más allá del estruendo y del impacto
emocional inmediato, estas bombas no solo han dejado escombros físicos: también
han detonado algo más sutil y peligroso, una ilusión.
La
ilusión del cambio inmediato. La ilusión de que, esta vez sí, “ahora sí se va a
resolver todo”. La ilusión de que un hecho contundente, violento, externo,
vendrá a poner fin a una situación que desde hace años es insostenible para
millones de venezolanos. Y es comprensible que esa ilusión aparezca. Vivimos
cansados, golpeados, con una mezcla de rabia y esperanza que se activa ante
cualquier señal que parezca distinta a la rutina del desgaste. Pero
precisamente ahí radica el riesgo.
El
triunfalismo ha sido, históricamente, nuestro talón de Aquiles. Nos hemos
ilusionado antes. Hemos celebrado antes de tiempo. Hemos confundido gestos con
cambios, palabras con hechos, anuncios con realidades. Y luego, el golpe ha
sido doble: no solo la continuidad de los problemas, sino la frustración de
haber vuelto a creer sin bases sólidas. Las bombas de hoy, más que una
solución, pueden ser otra prueba de fuego para nuestra madurez como sociedad.
No
se trata de caer en el pesimismo ni de apagar la esperanza. La esperanza es
necesaria; es lo que nos mantiene de pie. Pero esperanza no es ingenuidad.
Confianza no es ceguera. Mantener la calma en medio del ruido es, quizá, el
mayor acto de responsabilidad que podemos asumir ahora. Observar. Analizar.
Contrastar la información. No dejarnos arrastrar por titulares grandilocuentes
ni por mensajes que prometen finales felices inmediatos.
La
situación venezolana es compleja, profunda y estructural. No se resuelve con un
solo acontecimiento, por más impactante que sea. Requiere procesos, decisiones
coherentes, presión sostenida, participación consciente y, sobre todo,
ciudadanos atentos. Ciudadanos que no se desconecten emocionalmente, pero que
tampoco se dejen manipular por la euforia momentánea. Estar alertas no
significa vivir en tensión permanente; significa no delegar el pensamiento
crítico.
Hoy
más que nunca, nos toca caminar con paso firme pero prudente. Seguir cada
movimiento, cada noticia, cada decisión, sin caer en el ruido ni en la
desesperación. Aprender de nuestra propia historia reciente. Recordar cuántas
veces confundimos señales con soluciones. Y entender que el verdadero cambio,
cuando llega, rara vez lo hace de forma espectacular; suele ser silencioso,
progresivo y lleno de contradicciones.
Las
bombas de la ilusión hacen mucho ruido, pero no siempre construyen futuro. El
futuro se construye con atención, constancia y memoria. Sin perder la calma.
Sin perder la esperanza. Pero, sobre todo, sin volver a perder la lucidez.
Porque Venezuela no necesita más explosiones de emoción pasajera; necesita
conciencia despierta y firme, capaz de sostener el cambio cuando, de verdad,
empiece a gestarse.
Saludos
Arnaldo García Pérez
@arnaldogarciap

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