"Therians: un espejo de la crisis familiar”

En los últimos tiempos, hemos sido testigos de la aparición de fenómenos sociales que, bajo el paraguas de la "libertad de expresión" y la "identidad auto percibida", desafían no solo la lógica, sino la estructura misma de nuestra convivencia. Uno de estos movimientos es el de los therians: personas que aseguran identificarse, parcial o totalmente, como animales. Más allá de la anécdota o la curiosidad que esto pueda despertar en redes sociales, es imperativo detenernos a reflexionar: ¿Qué dice esto de nosotros como sociedad?

Mi intención no es atacar al individuo, sino de analizar la degradación de un tejido social que parece haber perdido su brújula. Estamos viviendo las consecuencias de una "democratización" mal entendida, donde el miedo a ser tildados de "reguladores" o "intolerantes" nos ha llevado a una permisividad absoluta. En este escenario, cualquier noción de realidad objetiva se disuelve en favor de una subjetividad sin límites.

La verdadera libertad requiere de un marco de referencia; de lo contrario, se convierte en extravío. Bajo una mal llamada igualdad, hemos aceptado que cualquier construcción identitaria, por ajena que sea a la naturaleza humana, debe ser validada y aplaudida. Sin embargo, esta falta de límites no es un signo de progreso, sino un síntoma de anomia social.

Cuando una sociedad renuncia a definir lo que es fundamental, termina por desdibujarse a sí misma. El surgimiento de movimientos como el therianthropy no es un hecho aislado, sino el producto de una enorme falla en la comunicación y en la transmisión de valores básicos. Es el resultado de un vacío que, al no ser llenado con principios sólidos, se llena con la búsqueda desesperada de pertenencia a categorías cada vez más abstractas y alejadas de la realidad.

Si rascamos la superficie de estas crisis de identidad, encontraremos casi siempre la misma carencia: la erosión de la familia. Hemos descuidado la base de la sociedad, esa columna primordial donde se forja el carácter y se aprende a distinguir lo esencial de lo accesorio.

La familia no es solo un contrato de convivencia; es la primera escuela de relaciones humanas basadas en valores. Cuando el núcleo familiar se debilita, cuando la comunicación se rompe y los padres renuncian a su rol de guías por temor a "imponer", dejamos a los jóvenes a merced de corrientes ideológicas que prometen una identidad fácil a cambio de renunciar a la propia humanidad.

Una familia fuerte proporciona el arraigo necesario para que un individuo no necesite "convertirse" en algo distinto para sentirse especial o aceptado. El fenómeno therian es, en última instancia, un grito de auxilio de una generación que no encuentra en su entorno inmediato las herramientas para entender quién es y qué lugar ocupa en el mundo.

Es momento de trabajar con mayor ahínco en la reconstrucción de nuestros cimientos. No podemos permitir que el miedo al juicio ajeno nos impida señalar que algo no está funcionando. La permisividad extrema no es empatía; es abandono.

Debemos retomar la defensa de la familia como el espacio sagrado para el desarrollo de relaciones sanas. Solo a través de la recuperación de valores fundamentales y de una comunicación honesta y profunda, podremos ofrecer a las futuras generaciones una base sólida sobre la cual construir sus vidas. Si no fortalecemos la raíz, no podemos quejarnos cuando los frutos nazcan deformados por el viento de cualquier moda ideológica.

La sociedad que queremos no se construye desde la evasión de la realidad, sino desde la valentía de abrazar nuestra naturaleza humana y los vínculos que nos definen.

Saludos

Arnaldo García Pérez

@arnaldogarciap

 

 

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