LA SILLA
Dicen que la vida es como una mesa. En ella compartimos
momentos, conversaciones, oportunidades… y también personas. Pero hay algo que
no siempre vemos a simple vista: en cada mesa hay sillas, y no todas están
disponibles para todos. La llamada “teoría de la silla” lo explica de forma
sencilla. Cuando alguien realmente quiere que formes parte de su vida, no
tienes que pedir espacio, no tienes que forzar tu presencia ni demostrar
constantemente que mereces estar ahí. Simplemente, hay una silla para ti. El
problema empieza cuando permanecemos de pie en mesas donde nadie nos invita a
sentarnos. Cuando insistimos, cuando buscamos aprobación, cuando tratamos de
encajar en lugares que no terminan de acogernos. Y sin darnos cuenta, dejamos
de preguntarnos algo importante: ¿por qué sigo aquí?
Esta teoría no habla solo de relaciones con otros. Habla
de la relación contigo mismo. De cuánto estás dispuesto a insistir… y de cuándo
es momento de levantarte y buscar otra mesa. Porque al final, no se trata de
luchar por una silla. Se trata de elegir bien dónde decides sentarte.
A veces no ocurre de golpe. No hay un momento claro en el
que dices “aquí no tengo lugar”. Más bien sucede poco a poco. Empiezas a notar
que eres tú quien escribe primero, quien propone, quien insiste. Que las
respuestas llegan tarde o no llegan. Que tu presencia no cambia mucho las
cosas. Y sin darte cuenta, lo normalizas. Te acostumbras a estar de pie.
Pasa en amistades, en relaciones de pareja, incluso en el
trabajo. Lugares donde das más de lo que recibes, donde te adaptas
constantemente para encajar. Y lo más peligroso es que dejas de verlo como algo
extraño. Lo conviertes en rutina. Hasta que un día te das cuenta de que no
estás cansado por lo que haces… sino por lo que no recibes.
Muchas veces creemos que, si hacemos un poco más, si
insistimos un poco más, si demostramos lo suficiente… entonces llegará nuestro
lugar. Que la silla aparecerá como recompensa.
Pero no funciona así.
Cuando tienes que esforzarte constantemente para ser
visto, escuchado o valorado, no estás construyendo una relación. Estás
intentando sostener algo tú solo. Y eso tiene un costo. Poco a poco, empiezas a
dudar de tu propio valor. Te preguntas qué te falta, qué podrías hacer mejor,
por qué no es suficiente. Y en ese proceso, te olvidas de algo esencial: tu
valor no depende de que alguien te dé una silla. El valor no se mendiga. No se
negocia. No se demuestra una y otra vez esperando aprobación.
Aquí es donde todo cambia. Porque tal vez el problema no
es que no tengas un lugar… sino que estás en la mesa equivocada. Hay personas y
espacios donde no tienes que forzar nada. Donde tu presencia es bienvenida,
donde hay reciprocidad, donde lo que das también regresa. No de forma perfecta,
pero sí sincera.
Elegir bien la mesa implica hacerse responsable. Dejar de
insistir donde no fluye y empezar a moverte hacia donde sí hay espacio para ti.
No todas las mesas merecen tu presencia. Y entender esto no es egoísmo, es
respeto propio.
La vida seguirá siendo una mesa con muchas sillas.
Algunas se ocuparán, otras no. Algunas serán para ti, otras no lo serán nunca. La
diferencia está en lo que decides hacer.
Puedes quedarte de pie esperando a que alguien te mire… o
puedes levantarte y buscar un lugar donde no tengas que pedir permiso para
existir. Porque al final, no naciste para quedarte de pie.
Naciste para sentarte donde tu presencia sea bienvenida.
Escoge tu mejor mesa.
Saludos
Arnaldo
García Pérez
@arnaldogarciap
.png)
Comentarios
Publicar un comentario