SUELTA LA SOGA…

Cuentan que un alpinista se preparó durante años para conquistar el Aconcagua. Su deseo por alcanzar la cima era tan intenso que decidió emprender la travesía en solitario, convencido de que la gloria debía ser solo suya. Con esa obstinación que a veces confundimos con fortaleza, inició el ascenso sin descanso, empeñado en llegar a la cima antes de que terminara el día. El tiempo avanzaba y él continuaba subiendo, ignorando señales, cansancio y prudencia. Pronto cayó la noche, implacable y densa en la altura de la montaña. La oscuridad lo envolvió por completo.

A unos cien metros de la cumbre, mientras trepaba por un acantilado, resbaló y cayó al vacío. La caída fue vertiginosa. Solo lograba distinguir sombras aún más oscuras que pasaban a su lado, mientras la gravedad lo arrastraba con furia. En esos segundos interminables desfilaron por su mente recuerdos luminosos y otros no tanto. Estaba seguro de que moriría. Pero de pronto un tirón brutal detuvo su caída: la cuerda lo había frenado.

Suspendido en el aire, sin ver absolutamente nada, comenzó a gritar: “¡Ayúdame, Dios mío, ayúdame!”. Entonces una voz profunda respondió desde la oscuridad: “¿Qué quieres que haga?”. “Sálvame, Dios mío”, suplicó el alpinista. “¿Confías realmente en que puedo salvarte?”, preguntó la voz. “Por supuesto que sí”, respondió él. “Entonces corta la cuerda que te sostiene”.

El silencio que siguió fue absoluto. El hombre se aferró con aún más desesperación a la cuerda. ¿Cortar su única seguridad? ¿Soltar aquello que, según él, lo mantenía vivo? No fue capaz. Al día siguiente, el equipo de rescate lo encontró muerto, congelado, agarrado con fuerza a la cuerda… colgado a solo dos metros del suelo. Le faltó confiar.

La confianza es uno de los pilares más sólidos de nuestra vida y de nuestras relaciones. Pero su primer origen es interno. Antes de confiar en los demás —o incluso en Dios— debemos confiar en nosotros mismos: conocernos, reconocer nuestras capacidades y también nuestras limitaciones. Ese ejercicio de honestidad personal nos permite pedir ayuda cuando la necesitamos y aceptar que no somos autosuficientes. De ese reconocimiento nace el puente hacia la confianza en los otros.

Sin embargo, con frecuencia caemos en la soberbia de creer que podemos resolverlo todo solos. Lo vemos en padres que imponen sin escuchar, en jefes convencidos de que sus decisiones son incuestionables, en hijos que desprecian la experiencia de quienes los criaron, en empresarios que confunden autoridad con humillación. En todos esos casos hay un patrón común: la incapacidad de confiar, la necesidad de control absoluto, el miedo a soltar la cuerda.

El ser humano, por esencia, es relacional. Necesitamos de los demás para sobrevivir, crecer y avanzar. Ninguna vida se construye en aislamiento. Confiar no es un acto de ingenuidad; es un acto de madurez. Es comprender que no estamos solos y que, a menudo, la ayuda que necesitamos está mucho más cerca de lo que creemos. A veces, a solo dos metros del suelo.

Por eso, quizá el aprendizaje del alpinista no sea solo espiritual. Tal vez Dios, la vida o el destino —como cada uno prefiera llamarlo— nos ponen personas en el camino para sostenernos cuando la noche cae y la oscuridad nos impide ver.

Con tranquilidad… suelta la soga. Permite que te ayuden. Y confía.

Saludos

Arnaldo García Pérez

@arnaldogarciap

 

 

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