"DEL APLAUSO AL CLAVO"
Cada año por esta época, comienza en mí una profunda
reflexión sobre el verdadero significado del Domingo de Ramos y su relación
directa con la naturaleza humana. Ese cambio violento y radical de criterio que
se produjo en la población de Jerusalén —pasar de un “Hosanna” amoroso a
un “Crucifíquenlo” en tan solo horas— no es una celebración de fe; es el
registro fidedigno de una de las mayores traiciones colectivas en la historia
de la humanidad.
La entrada de Jesús en Jerusalén es la prueba de que el
ser humano es experto en la adoración barata: gritamos
"Hosanna" cuando el líder promete soluciones, pero afilamos los
clavos cuando ese mismo líder nos exige cambiar y eliminar nuestro propio ego.
Nos empeñamos en decir que "queremos ser mejores personas", pero la
historia de la Pasión desmiente esa complacencia. La multitud que aclamaba a
Jesús no era malvada por naturaleza; era, simplemente, voluble. Su
pecado no fue el odio, sino la falta de carácter, una carencia que nos ha
acompañado a lo largo de la historia y que hoy nos sigue causando pesar por
nuestras acciones.
Si basamos nuestra redención en la "buena
voluntad" o en las "emociones básicas", estamos condenados al
fracaso. La voluntad es un músculo que se rinde ante el miedo. El sacrificio de
Jesús no fue un acto de magia para borrar errores, sino un estándar de coherencia
absoluta que casi nadie está dispuesto a pagar.
Existe una tendencia peligrosa a ver el sacrificio de
Cristo como una transacción: él sufre, nosotros somos libres. Pero ¿libres para
qué? ¿Para seguir siendo los mismos seres mediocres que cambian de opinión
según sople el viento de la opinión pública? ¿Libres para no involucrarnos ni
comprometernos con los cambios personales y colectivos que nuestras sociedades
necesitan?
Necesitamos su sacrificio no porque seamos
"imperfectos" (una palabra demasiado suave que usamos para
excusarnos), sino porque somos intrínsecamente egoístas. El modelo de
amor que ofreció Jesús no es una invitación a "sentirse bien"; es una
demanda de autoinmolación: sacrificar el deseo de tener razón, sacrificar la
seguridad personal por la verdad y sacrificar la comodidad de la multitud por
la soledad de la cruz.
El cambio real exige que dejes de ser parte de la
"muchedumbre" y empieces a ser un individuo responsable de sus actos.
Jesús fue devastadoramente claro al respecto, invalidando cualquier fe que se
limite a los labios:
"No todo el que me dice:
'Señor, Señor', entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad
de mi Padre que está en los cielos" (Mateo
7:21).
Hacer la voluntad no es gritar en la plaza; es tener la
integridad de sostener la verdad cuando el mundo te ofrece un clavo para
callarla. Es atreverse a “hacer algo” cuando la gran mayoría mira hacia otro
lado para no sentirse responsable. La redención está disponible, pero no es
gratuita: cuesta el sacrificio de tu propia inercia.
Si este Domingo de Ramos vas a levantar una palma solo
por tradición, eres parte de la misma multitud que pidió la liberación de
Barrabás. La verdadera redención no empieza con un sentimiento de esperanza,
sino con un reconocimiento brutal de nuestra capacidad para traicionar lo que
decimos amar.
Tu llamado a la acción hoy es simple, pero brutal: identifica
en qué área de tu vida estás siendo el "hipócrita de la palma".
¿Dónde estás aplaudiendo valores que no practicas? ¿Dónde estás traicionando la
verdad por el miedo a no encajar? La verdadera redención comienza en el momento
exacto en que decides sacrificar tu conveniencia personal por la coherencia y
la congruencia.
"Si alguno quiere venir en
pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame" (Lucas
9:23).
Saludos
Arnaldo
García Pérez
@arnaldogarciap
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