¿PASAR DE LARGO O DETENERSE? El
dilema del camino.
«Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos
de unos bandidos que lo despojaron, lo hirieron y se fueron dejándolo medio
muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un
rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un
rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y, al verle, tuvo
compasión. Se acercó, vendó sus heridas con aceite y vino, lo montó en su
propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente,
entregó dos denarios al posadero y le dijo: "Cuida de él y, si gastas algo
más, te lo pagaré cuando vuelva"».
Al terminar el relato, Jesús preguntó: «¿Quién de estos
tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los salteadores?».
El maestro de la ley respondió: «El que tuvo misericordia de él». Y Jesús le
dijo: «Vete y haz tú lo mismo». (Lucas 10, 25-37).
En su último discurso, Martin Luther King Jr.
reinterpretó esta parábola con una reflexión brillante. Decía que es posible
que el sacerdote y el levita se preguntaran: «Si me detengo a ayudar a este
hombre, ¿qué me va a pasar a mí?». Quizás temían que los ladrones siguieran
cerca o que todo fuera una trampa.
Sin embargo, el samaritano invirtió la pregunta: «Si
no me detengo a ayudar a este hombre, ¿qué le va a pasar a él?».
Hoy, la palabra «prójimo» se define como aquel que se
encuentra cerca de nosotros en un sentido existencial; alguien que padece una
necesidad y está a nuestro alcance para ser ayudado. Pero a pesar de los
siglos, la parábola mantiene una vigencia que asusta.
¿Cuántos de nosotros volteamos la mirada con indiferencia
ante el dolor ajeno? ¿Cuántos, bajo la excusa de no compartir ideologías o
afinidades culturales, nos volvemos sordos al sufrimiento de otro ser humano?
Peor aún, ¿cuántos hacemos caso omiso a las necesidades de los «nuestros»
—amigos, hermanos o compatriotas— practicando un silencio absoluto?
Debemos ser honestos sobre quién es nuestro prójimo.
Prójimo es toda persona: la que conoces y la que no; la que te agrada y, sobre
todo, la que piensa y actúa distinto a ti. La solidaridad y la comprensión no
son accesorios opcionales, son virtudes que necesitamos rescatar para no perder
nuestra humanidad.
La verdadera grandeza no está en el afecto recíproco,
sino en la mano extendida hacia aquel que no tiene nada que ofrecernos a
cambio.
Al final del día, la vida no nos preguntará cuántos
principios defendimos de palabra, sino a cuántos hombres y mujeres vimos
tirados en el camino y decidimos no rodear. No se trata de tener los recursos,
sino de tener el valor de cambiar la pregunta: dejar de temer por nuestra
comodidad y empezar a temblar por el destino del otro. Ser prójimo no es una
etiqueta, es una decisión que se toma cada vez que nos cruzamos con alguien que
sufre.
"Porque si amáis a los que
os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman
a los que los aman". Lucas 6:32
Saludos
Arnaldo
García Pérez
@arnaldogarciap

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